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Más de un buen músico o profesor estaría de acuerdo que la educación no puede ser una simple preparación para la vida, sino lo más cercana a la vida misma. A pesar de esta máxima célebre de John Dewey, el sistema educativo aún tiene mucho trabajo que hacer para incorporar una de las actividades más presentes en la vida diaria de niños y adultos: las ficciones digitales. Desde la cuenta bancaria hasta Instagram, cada día atravesamos una multitud de espacios virtuales que nos permiten trabajar, estudiar, socializar y entretenernos. Y la escuela, ¿por qué no debería enseñarnos a reflexionar sobre estos entornos? 

Literatura infantil y juvenil digital

Nuestros alumnos, encima, tienen al significación de sus dedos una gran variedad de historias y ficciones que, más allá del peculiar Fortnite, combinan lo mejor de la letras pueril y jovial tradicional con aquellos medios característicos del medio electrónico. Trabajar estas obras en clase de letras puede enseñar a alumnos y estudiantes a ampliar su discernimiento crítico en entornos virtuales, desarrollar su competencia comunicativa y, encima, pescar herramientas para ver los videojuegos y la letras desde otra perspectiva.

La característica más conocida de las ficciones digitales es su interactividad. Juegos como Metamorphablet dan a la décimo del catedrático un significado poético: las palabras, al ser tocadas, se transforman en una metáfora de lo preparatorio. Igual de importantes son los límites a la interactividad: The Empty Kingdom, por ejemplo, ofrece un mensaje pacifista al impedirnos usar la espada contra las criaturas que encontramos por el camino. 

La leída y el debate en gran congregación, mientras se muestra el esparcimiento en el proyector, ayuda a explorar estos dilemas que nos plantea la leída y preguntarse qué habría pasado si hubiésemos jugado de otra forma o tomado otra valentía. Es por esto que, con la letras digital, la función del músico como mediador es tanto o más importante que con la letras tradicional. Aún hay pocos medios en trayecto para maestros, pero el parcialidad de medios del esquema LIJD Gretel ofrece varias propuestas de actividades.

Otra característica destacada es su carácter multimodal, es afirmar, la combinación de varias formas de expresión a parte del texto: música, voz, imagen y movimiento se unen en muchas de estas obras, donde, a veces, se alcahuetería más de explorar un paisaje que de seguir una historia o completar un objetivo. Algunas, como Spot, se asemejan a un minúsculo universo con varias subtramas simultáneas. Delante este espectáculo de estímulos, la leída en parejas y la redacción de hipótesis (sobre el origen de cada sonido, o sobre las historias que deben poseer detrás de cada personaje que observamos) pueden ser materiales efectos de consejo. La revista Textos (número 87)  presenta de forma amena todo tipo de actividades para dinamizar con obras de letras digital.

Por extremo, y no menos importante, el medio electrónico permite construir historias como A Duck has an Adventure, donde el esquema peculiar de los clásicos “Elige tu propia aventura” explota en una enorme complejidad de tramas paralelas. Una forma de asimilar de esta complejidad es contrastar las expectativas del lectojugador ayer y posteriormente de retozar, y ver cómo el autor juega con nuestras expectativas para darnos un mensaje sobre su obra. Y carencia mejor que herramientas digitales como Flipgrid para compartir sus opiniones en un entorno seguro y atractivo.

En nuestra sociedad digitalizada, las obras de letras digital ya no son una ridiculez, sino una aparejo para enseñar a nuestros alumnos habilidades que les servirán para interpretar la letras tradicional, pero asimismo para moverse en las ficciones y entornos digitales que se encontrarán toda su vida. Para enterarse más sobre sus características y cómo introducirla en el clase, recomiendo:

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