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Popularizado a mediados de la pasada término de los noventa tras la publicación, en 1995, del opúsculo Inteligencia emocional de Daniel Goleman, el valencia educativo de la encargo emocional ha ido ganando adeptos tanto adentro como fuera de los entornos educativos, hasta apropiarse su flagrante status de animoso importancia en la formación −reglada o no, pero en todo caso paralela a la intelectual− de todo ser humano. Una reputación de la que hemos cubo cuenta en más de una y de dos ocasiones desde este mismo espacio, que se ha manido puesta en valencia en las últimas semanas frente a el estado de confinamiento obligado en el que viven hoy muchos jóvenes en años de escolarización y los posibles posesiones que este toril pueda tener sobre todos nosotros. Lo que nos ha impulsado a sufrir a extremo una nueva enfoque a esta formación para el buen explicación y encargo emocionales, teniendo en cuenta las limitaciones actuales y las posibilidades que, de forma más o menos militar, puedan tener las familias para llevarla a extremo de forma satisfactoria.

¿Por qué una educación emocional?

Hartazgo, malhumor, insomnio y, en algunos pocos casos, hasta brío son síntomas de resultantes de un estado psíquico gobernado por el estrés o la ansiedad, que puede ser tanto fruto del tedio resultante de prolongados periodos de toril como del miedo que genera la incertidumbre frente a un porvenir que se aventura superable, pero además difícil de concretar. Frente a esta situación, compartida con mejor o peor actitud por muchos de nosotros, una educación emocional se convierte en una útil desde la que podemos engrosar los siguientes aspectos emocionales, propios y ajenos:

  • Favorece el explicación de cualquier persona, especialmente las más jóvenes, y, gracias a lo significativo del estudios que implica una formación basada en las emociones, fortalece la adquisición de conocimientos de cualquier tipo.
  • Mejoría la autoestima, proporcionando a aquellos que sean capaces de administrar mejor sus emociones la sensación de tener el control sobre sí mismos, evitando situaciones de temor sin fundamento, a veces fruto de una sobreexposición a información no siempre contrastada, y facilitando una tolerancia a la frustración muy útil en una situación como la que nos ocupa.
  • Mejoría la convivencia con aquellos que compartimos espacio físico, generando seguridad y confianza en nuestras relaciones, poco imprescindible para sentirse arropado en un oficio en el que las opiniones propias son escuchadas y respetadas, y en el que las de los demás son acogidas con una idéntica disposición.

Cómo administrar las emociones propias y ajenas sin salir de casa

Ahora perfectamente, ¿cómo podemos trasladar esta educación que generalmente se daba en las escuelas, hoy clausuradas, a nuestras rutinas familiares? Aquí tenéis unos pocos consejos para conseguirlo:

  • Poner palabras a las emociones implica identificarlas para hacerlas existir, darles un cuerpo que puede modificarse a partir de ahí gracias a los posesiones de una conversación. El diálogo, la comprensión y, sobre todo, el crear un entorno emocional empático en el que todos y todas sientan que puedan expresarse, es una de las mejores formas de trabajar la emocionalidad personal y grupal y así aumentar la tolerancia alrededor de la fatal y más que comprensible frustración que despiertan las medidas de prevención tomadas hasta el momento.
  • Afinad vuestras capacidades mediáticas e informacionales. Frente a el hostigación informativo flagrante, que cambia continuamente, es difícil responsabilizarse una cierta distancia que pueda tranquilizarnos. Cotejad fuentes informativas y diferentes medios antaño de haceros vuestra propia visión de conjunto y así evitar dejaros sufrir por el miedo.
  • Una de las mayores afectaciones que ha tenido el confinamiento se ha cubo en el campo de la socialización que, a través de la empatía y la interacción, es uno de los mayores motores de la educación emocional. Por ese motivo, conviene no desamparar (sin siquiera maltratar) los momentos en popular, como compartir mesa durante las comidas, por ejemplo, o la cooperación en los asuntos domésticos, para no perder una tiento social que puede ser complementada (y cuando no quede más remedio, sustituida) por las relaciones a distancia a través de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC).
  • En relación con el punto precedente, intentad dar ejemplo a aquellos que os rodean, evitando exponer una advertencia que luego se contradiga con vuestras acciones o estado emocional. La sinceridad emocional retroalimenta las posibilidades educativas del entorno en el que se produce, pero medid vuestra forma de expresarla teniendo en cuenta las consecuencias que vuestras palabras pueden tener en los que os rodean, que deben ser conscientes de que esta responsabilidad es compartida.
  • Adentro de lo posible, estableced unas mínimas rutinas; ya sea escolares, con las tareas encomendadas a distancia desde los centros educativos, o domésticas, a partir de la cepillado y mantenimiento del hogar. Ya que, aunque puedan parecer gratuitas, confieren un valor de implicación en nuestro entorno inmediato, y de fabricación de un exiguo control sobre nuestras vidas, tan inadvertido como caritativo para el actitud.

¿Lleváis a extremo algún tipo de estudios emocional durante el confinamiento? ¿Cómo trabajáis la encargo emocional desde el ámbito ascendiente? Compartid vuestras experiencias con nosotros así como este post con todos vuestros contactos.

Para asimilar más:

  • Tomo: Educación emocional. Propuestas para educadores y familias, coordinado por Rafael Bisquerra.
  • Epítome: Inteligencia emocional en la actos, por Daniel Goleman.
  • Video: TEDx: Inteligencia emocional (VOSE), por Daniel Goleman
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